Libertad de Diálogo
Por: Belinda Cortez
El reciente revuelo mediático alrededor de Hugo Aguilar es más que una anécdota viral: se ha convertido en una metáfora inquietante de cómo se vive —y se percibe— el ejercicio del poder en ciertos círculos del Estado. Las imágenes en las que se observa a dos colaboradores limpiándole los zapatos en plena vía pública antes de una ceremonia oficial, captadas en Querétaro y difundidas ampliamente, detonaron críticas inmediatas sobre privilegios, jerarquías y desconexión con la realidad social. El ministro explicó que se trató de un derrame de café y que él mismo pidió que la acción no continuara, incluso ofreció disculpas, pero ello no ha apagado la percepción pública de ostentación en un contexto donde se habla de austeridad y servicio a la ciudadanía.
Contrastemos este episodio con un hecho reciente que pasó casi desapercibido para muchos medios: en un acto de servicio comunitario, al Alfonso Cepeda Salas, líder sindical y senador, le sostuvieron la sombrilla mientras atendía a personas bajo el sol. Más allá de la literalidad, el gesto simboliza la cercanía con la gente y la disposición de acompañar a quienes están esperando respuestas concretas, aunque implique calor, cansancio y trabajo directo. Ese tipo de imágenes —de políticos arremangados, entre la ciudadanía y no encima de ella— rara vez generan escándalo, pero sí construyen credibilidad.
La indignación por ver a un alto funcionario con colaboradores inclinados a limpiar sus zapatos no surge en el vacío, sino en un país donde millones de personas enfrentan jornadas laborales duras, sueldos ajustados y servicios públicos tensos. Ver escenas que evocan monarquías del pasado, aunque se expliquen con accidentes de café, refuerza la noción de que en algunos espacios del poder se vive con privilegios que contrastan dolorosamente con la vida de la mayoría.
No se trata solo de un par de zapatos o de una sombrilla: se trata de símbolos. Y los símbolos importan. En política, la percepción pública está moldeada tanto por lo que se hace como por cómo se ve lo que se hace. Si el mensaje que acompaña a ciertos estilos de vida política es “vivimos como reyes”, entonces difícilmente se construye empatía con quienes, bajo el sol, solo buscan justicia, oportunidades y trato digno.

