Tejiendo autoestima: las pelucas que devuelven sonrisas
Lo que para muchos podría ser solo un trabajo manual, para Francisca Lozano Olguín es una forma de transformar vidas. Estilista de profesión y capacitadora en el ICATEC, Francisca dedica parte de su tiempo a compartir sus conocimientos en la creación de pelucas oncológicas, una labor que realiza de la mano de APAC y el DIF de Ramos Arizpe. Su meta no es simplemente enseñar un oficio, sino entregar una herramienta que ayuda a las mujeres a reencontrarse con su reflejo en el espejo.
“No empecé con esto pensando en pelucas”, confiesa Francisca. “Trabajaba colocando extensiones, pero con el tiempo sentí la necesidad de aprender algo más, algo que pudiera impactar de otra manera”. Fue así como buscó capacitación en la Ciudad de México y descubrió un universo de posibilidades detrás del cabello donado.
El proceso, advierte, es lento y minucioso. Una peluca bien hecha puede tardar hasta diez días en completarse. No es una labor para quien busca resultados rápidos: requiere paciencia, técnica y sobre todo, entender el valor emocional de lo que se está creando.
Francisca es clara: no cualquier cabello es adecuado. El ideal es el llamado cabello “virgen”, es decir, aquel que nunca ha sido sometido a tintes, decoloraciones o tratamientos químicos. Además, debe tener una longitud mínima de 28 a 30 centímetros y conservar un grosor uniforme.
Pero no solo es cuestión de técnica. Para ella, lo más importante es que la persona que recibirá la peluca se sienta cómoda y feliz. “Nos adaptamos a sus gustos. Si la prefieren corta, larga o de cierto color, buscamos que se vean y se sientan bien. La intención es ayudarles a recuperar confianza, no imponer un estilo”, explica.
El cabello natural, además, ofrece ventajas que superan a las fibras sintéticas: puede durar de cinco a ocho años si se cuida correctamente. Claro que eso también se refleja en el costo. Mientras una peluca sintética ronda entre los $2,000 y $5,000 pesos, una hecha con cabello natural puede alcanzar hasta los $10,000 pesos, dependiendo de su calidad.
Sin embargo, más allá del precio o el proceso, lo que mueve a Francisca es algo más profundo. Ella no solo teje mechones, sino que hila esperanzas, autoestima y nuevas razones para sonreír.
“Cuando una mujer en tratamiento se mira al espejo y vuelve a reconocerse, ahí es cuando todo cobra sentido”, concluye.

