marzo 7, 2026

Por momentos, en los pasillos del poder se creyó que mover a Jesús María “Chuma” Montemayor del Congreso al gabinete de Manolo Jiménez era una especie de destierro elegante, un cambio de curul por una oficina silenciosa en la Secretaría de Desarrollo Rural, esa dependencia que muchos daban por muerta, o por lo menos dormida, desde hace años.

Decían que era una secretaría gris, de motor cansado, operada “de bajadita y en neutral”. Pero la realidad es que al campo de Coahuila no se le puede poner pausa, y menos cuando la crisis toca la puerta con botas llenas de tierra.

Y entonces llegó la tormenta.

El cierre fronterizo, la amenaza del gusano barrenador, la desaparición de apoyos federales para el norte del país, y miles de ganaderos mirando al cielo esperando respuestas. Ahí es donde un secretario cualquiera baja la cabeza… pero Chuma decidió arremangarse.

Porque esta trinchera no es para tibios.

Por segundo año consecutivo, Montemayor demostró por qué Manolo lo jaló de su silla legislativa: porque necesitaba a alguien que no empezara desde cero, sino desde el carácter. Alguien que supiera que el campo no espera, que la crisis no avisa y que la frontera —aunque cerrada— también se toca con diplomacia.

Chuma no ha tenido días de descanso. Anda de reunión en reunión, de gestoría en gestoría, tejiendo lo que se pueda y empujando lo imposible.
Platicó con el Gobierno Federal, insistió en los apoyos, buscó amortiguar el golpe económico a los ganaderos. Y siguió dialogando con los vecinos del norte para reabrir la puerta al ganado coahuilense.

Y si fuera por él, dicen algunos, hasta cruzaba él mismo las reses por el muro fronterizo, cargándolas si hiciera falta. Pero las cosas se hacen bien, o no se hacen. Y él eligió hacerlas bien.

La Secretaría de Desarrollo Rural volvió a tener pulso, volvió a levantar polvo en los caminos.
Porque, a veces, los encargos que parecen castigo son, en realidad, las batallas donde se prueba el tamaño del guerrero.

Y hoy, Chuma Montemayor ya no es “el diputado que movieron”, sino el secretario que no se dejó pintar de gris.
El que convirtió un despacho silencioso en una trinchera viva;
el que entendió que el campo no necesita discursos, sino pasos firmes;
y el que comprobó que, cuando el terreno se pone duro,
los que saben de tierra… avanzan.

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